Edwin Alexander nunca había sido un hombre guapo. Más bien un tipo achaparradito, muy simpático. Eran muchas sus conquistas, chicas bastante agraciadas que se dejaban embaucar de buena gana por su palabrería y sus ojos chispeantes, siempre alegres. Un rompecorazones a la antigua, galante y con buen corazón, aunque un poco golfo.
Pasada la treintena conoció a la que, en ese mismo instante, decidió que sería su esposa. Camila era una muchacha de curvas pronunciadas, piel morena y larga melena oscura que le hizo perder la cabeza. Se enamoró perdidamente. Aunque sabía que ella solo jugaba con él, no le pareció razón suficiente para cejar en su empeño.
Un par de años después, recién finalizada la relación, le contaron que estaba embarazada. Preguntó y ella le dijo la verdad: era suyo. Edwin se puso como loco de contento y se prometió que sería el mejor padre del mundo para ese bebé inesperado. Sin embargo, Camila ni siquiera le dejó ponerle sus apellidos, mucho menos participar en la crianza.
Casi a escondidas, Edwin encontró la manera de quererle. Tanto fue así que, el niño, Kevin, le adoraba, muy feliz los ratos que podía pasar con su padre. Ya adolescente, al chico le gustaba sorprenderle por la espada, y meterle las manos en los bolsillos de su chaqueta para abrazarle. A Edwin le enternecía cada gesto de afecto. A pesar de todo, había conseguido estar presente para su hijo.
Tiempo después, Edwin tuvo que emigrar de Ecuador para buscarse la vida. Llegó a Madrid con un nudo en el estómago y un vacío en el corazón, alentado por un amigo que le prometió un futuro mejor.
Perdió todo contacto con Kevin y los años se le echaron a la espalda y las arrugas a la frente. Callado y servicial, habitualmente casi de prestado en la habitación de alguna casa compartida, rememoraba el cariño de aquel chiquillo. A menudo, se le empañaba la mirada.
Hasta que una tarde de invierno, en plena Gran Vía, unas manos pequeñitas buscaron calor en los bolsillos del abrigo de un anciano que, al alzar la vista, se vio reflejado en los ojos emocionados de un hijo que nunca le había olvidado.
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