Érase una vez

Érase una vez un corazón encerrado en una jaula maravillosa.

Érase una vez un hueco en el pecho de una niña.

Hubo una época en el que habitaron juntos, la niña y el corazón. Ella era feliz hasta que se miró en el espejo de los demás y, con asombro, examinó la imagen que le llegó de vuelta. ¿De verdad era así? Tal fue el dolor que sintió, que no supo hacer otra cosa que proteger su corazón. Lo metió en la jaula más bonita que pudo fabricar y lo colgó de las ramas del árbol más frondoso que halló, para ocultarlo del mundo. Sin embargo, brillaba tanto que, entre las hojas, se escapaba su luz. Ella, preocupada, tejió un chal con el que lo envolvió para evitar que fuera descubierto.

Por otra parte, también debía tapar el hueco de su pecho para que nadie sospechara el vacío que había quedado. Y lo llenó de flores y mariposas para distraer las miradas de los demás.

Nada podía hacerle daño ya.

Todos los días visitaba el escondite para mantener con vida el preciado tesoro, pero este, poco a poco, se iba apagando mientras los ojos de la pequeña se perdían en un desierto solitario.

Pasó el tiempo y la niña se hizo mayor. En la jaula solo quedaba oscuridad y, la mujer en la que se había convertido había aprendido a vivir con el hermoso engaño que, tan cuidadosamente, había elaborado.

Un día, un pájaro pequeñísimo que sintió curiosidad por aquel bulto disimulado, empezó a picotear la tela y consiguió hacer un agujero. El sol iluminó el interior y el latido empezó a coger fuerza y volvió a respirar. El armazón, deteriorado por los años, no pudo retenerlo más y el corazón huyó en busca de su dueña. Cuando la encontró, frente a su rostro asombrado, le recordó su alegría de antaño, antes de que el universo la corrompiera. Despertó.

Con gesto enérgico, sacudió su cuerpo para librarse de la falsa apariencia, y las flores y las mariposas salieron volando. De nuevo, estuvo completa.

Ahora que había recuperado su alma, se prometió que no la volvería a perder jamás.

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