Aleksei dejaba, cada noche, sus zapatillas de loneta roja desgastada en el alfeizar nevado de la ventana.
Pese a que vivía en un piso bajo, nunca se planteó que alguien pudiera robárselas. Daba igual la reprimenda de su madre cada vez que le pillaba, él las volvía a poner, justo antes de irse a dormir. A veces, un pequeño gato asomaba las orejas y le miraba desde fuera, como queriendo preguntarle por tan extraña costumbre. Aleksei sonreía al animal y le intentaba acariciar con sumo cuidado para no asustarle.
Mientras reconstruían su escuela, que había quedado inutilizada por un bombardeo hacía semanas, el niño no tenía nada más que hacer que esperar la hora de la cena. En cuanto terminaba, salía pitando hacia su cuarto para organizarlo todo. Y también para darle al minino algún resto de comida que había escondido en una servilleta.
Aleksei había estado triste durante los primeros días de encierro obligado. No llegaba a comprender aquello que los mayores llamaban “guerra”. Tampoco las sirenas que sonaban de vez en cuando y que hacían que toda la familia saliera corriendo hacia el sótano.
Sin embargo, una noche, sin saber muy bien por qué, había dejado sus zapatillas al otro lado del cristal. Cuando fue a recogerlas antes del desayuno, descubrió con asombro que, dentro de cada una, había un caramelo. Rápidamente los escondió en su cajón, algo le decía que, de ser descubierto, se ganaría una buena bronca. Cuando anocheció, se le ocurrió probar suerte de nuevo y… ¡Efectivamente! ¡De nuevo los dulces por la mañana!
El niño guardaba como un tesoro las golosinas y, de vez en cuando saboreaba alguna disfrutando de su gran secreto.
Solo una vez, poniéndose un dedito en los labios pidiéndole silencio, le dio uno a su abuelo, que tenía un ataque de tos fruto de un buen catarro que nadie sabía cómo había podido coger.
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