Detrás del cristal

Mientras caminaba, John dejaba vagar su mente por el pasado.

Durante toda su vida había procurado seguir su propio rumbo, a pesar de que, a menudo, no fue fácil. De joven casi se perdió, pero logró recomponer los pedazos y seguir adelante. Quizá eso le marcó. Nunca se estableció en un sitio fijo ni formó una familia, jamás llegó el momento. Siempre fue bastante feliz a su manera. Procuró vivir tranquilo y disfrutar de todo sin preocuparse demasiado por el futuro ni echar de menos lo que no tenía.

Hasta esa tarde de verano en que todo cambió. Justo en el instante en que ella le miró, distraída, a través del cristal de la cafetería de una calle del centro.

John se detuvo en mitad de la acera mientras la gente seguía caminando, esquivándole con la prisa habitual de la ciudad. Y estuvo allí un rato hasta que ella fijó también sus ojos en los suyos. Decidido, buscó la puerta del local y se dirigió directamente al lugar que la mujer ocupaba. Sin una palabra, le pidió permiso para sentarse en la butaca de enfrente. Asintió sonriéndole y todo comenzó.

Con una timidez nueva, se presentó y ella le dijo su nombre; él lo repitió en voz baja, “Alice”, como aliviado por haberla conocido al fin, aunque no la hubiera buscado.

Unas palabras después, le cogió la mano y ella se la acarició como sellando el principio de algo que, inevitablemente, debía ocurrir. Se quedaron allí, el uno frente a la otra, sin prisa. Poco importaba el barullo de alrededor. Tampoco repararon en el hombre que entró saludando ruidosamente al camarero de la barra, se sentó en el sitio de al lado y abrazó a la chica que le había estado esperando.

Algo más tarde, salieron juntos.

Alice no volvió a pasar otra tarde en aquella mesa, ni él dejó que se tomara el café sola.

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