Paolo

El día que nació Salvatore, su padre, tan pronto estuvo preparada la criatura y sin que nadie pudiera evitarlo, prácticamente se lo arrancó de los brazos a la matrona.

Desde hacía años y por encima de todo, Paolo había deseado tener un hijo, y prometió a la Madonna del Parto que, si todo salía bien, le presentaría al niño el mismo día de su nacimiento. Perfectamente envuelto en una mantita, salió corriendo con el crío que acaba de llegar al mundo en su humilde casa, en pleno centro de Roma. Tenía que darse prisa porque era tarde y la Basílica de San Agustín estaría a punto de cerrar.

Llegó justo a tiempo, a cinco minutos de la hora de clausura y, con lágrimas de alegría y agradecimiento, se postró de rodillas delante de la Virgen. Extendió los brazos para mostrarle al niño que, quizá por el traqueteo de la carrera, dormía plácidamente. Con la cabeza baja en señal de humildad, musitó una oración.

En el camino de vuelta, ya más tranquilo, aunque con prisa por devolver el bebé a su madre, llegó a la Plaza de España en el momento preciso en que estaba atardeciendo. Sin poderlo evitar, se paró un momento deslumbrado por el resplandor que descendía sobre la escalinata. Pensó que nunca había visto una puesta de sol tan hermosa. El amarillo se convertía en una suerte de rojizo pasando por toda una variedad de tonos cálidos que llegaban hasta su rostro y se lo acariciaban levemente.

Cerró los ojos para disfrutar del instante. Era el día más feliz de su vida.

Y se prometió que, cada año, en su aniversario, enseñaría a su hijo esa luz maravillosa que llenaría su corazón para siempre.

2 respuestas a «Paolo»

    1. ¡Gracias! Es uno de mis favoritos también 🙂

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