Aleksei

Aleksei camina entre las ruinas de lo que, a pesar de todo, sigue siendo su barrio.

Aunque todavía es pequeño y lleva buena parte de su vida escuchando la sirena que avisa y el estruendo lejano, recuerda perfectamente cuando los muros aún seguían en pie y la gente no lloraba tanto. Mira con curiosidad a sus vecinos que, a su vez, parecen observarle en su paseo con pena, pero no entiende muy bien por qué.

Esa mañana su madre no entró a despertarle temprano, no tenía colegio a pesar de ser jueves. No le contaron que la escuela había desaparecido esa noche; afortunadamente alguien tuvo en cuenta la hora del bombardeo.

En el horizonte, las chimeneas de la fábrica siguen echando humo sin cesar. Aleksei siempre ha querido ir hasta allí y ver de cerca el monstruo de metal y cemento que no descansa.

Alguien le llama, es su abuela que viene corriendo a cogerle de la mano y llevarle de nuevo a un lugar seguro… aunque ya no quedan muchos.

Y Aleksei se deja guiar en ese silencio espeso de la gente, apenas interrumpido por un susurro que se vuelve tenue y sutil.

Aceria de Azovtal en Ucrania

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