La Bailarina

Franz había pasado cientos de veces por esa calle del centro de Praga. En realidad, casi a diario, ya que estaba en su camino de vuelta a casa desde el trabajo.

Aprovechando que esa noche no llovía, salió antes de la oficina y decidió pasear más despacio que de costumbre. Mientras pensaba en lo raro de ver el cielo despejado, escuchó una música suave pero alegre, que parecía venir desde arriba. Se detuvo y miró hacia la casa de dos plantas que tenía delante. En el ventanal más amplio, una luz cálida y la sombra definida de una mujer meciéndose al ritmo de la melodía atrajeron su atención. La figura, esbelta, balanceaba los brazos y el torso tan delicadamente que le invadió el deseo de rodear su cintura y bailar con ella. Observó cómo se dejaba llevar por la cadencia, deslizándose por las notas de un vals que parecía no tener fin. Hasta que la lámpara se apagó y volvió el silencio. Franz se quedó un rato esperando por si se reanudaba la escena, pero fue en vano.

La noche siguiente, con la esperanza de que se repitiera el evento, procuró pasar por el mismo sitio a idéntica hora. Asombrado, constató que así era. Se percató de que estaba justo debajo de la única farola en muchos metros y temió ser descubierto, por lo que dio unos pasos atrás y salió del área iluminada. Con las solapas del abrigo subidas, intentando guarecerse del frío y de la fina lluvia que había empezado a caer, observó los movimientos de la mujer sin perder detalle. Cuando terminó, se dio cuenta de que tenía los ojos humedecidos. No solo estaba cautivado, también se había enamorado de aquella bailarina.

Franz centró su vida entera en aquel instante. No dejó de acudir ni una sola vez a la cita, siempre deseando llamar al portal y conocer por fin a la mujer.

Tardó en atreverse. Pasados un par de meses, y armado con el ramo de rosas más bonito que pudo encontrar, tocó al timbre. Justo había finalizado la pieza y decidió que sería el momento adecuado.

Un caballero de cierta edad acudió a su encuentro. Franz no supo qué decir, no había valorado la posibilidad de que no abriera ella. Enseguida dedujo que sería su marido. Los ojos se le llenaron de lágrimas y no pudo evitar decir, bajando la cabeza, a modo de excusa:

-La amo.

El hombre le miró y comprendió al instante. La verdad es que le había visto llegar en más de una ocasión.

-Espera- le dijo.

Sin cerrar la puerta, subió las escaleras. No tardó en regresar con una caja de madera exquisitamente tallada, del tamaño de una de zapatos. Extendió los brazos y le dijo:

-Es tuya.

Franz dejó caer las flores para cogerla. Levantó la tapa e, inmediatamente, surgió una figurita de la porcelana más fina que jamás había visto, solo para que él pudiera contemplarla bailar eternamente.

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