Una vez más, rozo el marco de la puerta con la yema de los dedos.
Al otro lado, desde mi posición elevada, observo la enorme estancia que se extiende al pie de la escalera, que baja en forma de amplio caracol. Observo el sol que se cuela por los inmensos ventanales. No hay cortinas que puedan mermar un ápice la claridad del espléndido día que se intuye más allá.
Un par de mesitas auxiliares, un sofá y un gran taquillón componen el único mobiliario de la habitación, sobre un suelo de mármol tan pálido como las paredes. El blanco, de una pureza extrema, lo inunda todo, salvo por dos cuadros de grandes dimensiones, calculo varios metros de altura, que presiden la pared del fondo. No puedo distinguir las figuras dibujadas, pero, no sé por qué, me recuerdan escenas de iglesia, quizá del Antiguo Testamento.
Luz. Calma. Una invitación muda a entrar, aunque con la musicalidad hipnótica de un canto de sirena antiguo. Quiero dejarme llevar.
Avanzo unos pocos centímetros y, con ese mínimo movimiento, la presencia invisible que lo invade todo se hace presente. Se me eriza el vello de la nuca y casi no puedo respirar. El aire, detenido, se espesa y se convierte en una masa que envuelve y oprime mi garganta. Siento cómo el mal, que percibo ancestral, me ha estado esperando desde siempre, ansioso por si en esta ocasión me decido a entrar; hambriento, como un imán espeluznante que me atrae irremediablemente. Escucho cómo mi voz, ahogada, quiere salir sin éxito al mismo tiempo que el ente, excitado y anticipando la euforia por la pieza cobrada, comprime el instante como un agujero negro.
Doy un paso hacia adelante, nunca había llegado tan lejos. Se escucha un alarido gutural y me dejo invadir por un mundo que se deforma fuera y dentro de mí. Sigo ganando terreno con dificultad, hay un muro invisible que no quiere dejarme avanzar. Enfrento lo que esté por venir. Cara a cara con la bestia, manteniendo a duras penas la postura erguida, fingiendo una fortaleza que no tengo, le planto frente y lo desafío.
Y, de repente, oscuridad y silencio.
Abro los ojos. Miro mi rostro en el espejo.
Por fin estoy de vuelta.
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