Ocurrió de repente. Un día, al volver a casa, ella ya no estaba.
Entró por la puerta de atrás que, como de costumbre, estaba abierta. No era muy seguro, pero ella prefería tenerla así.
Al llegar, sintió una calma extraña. Recorrió todas las habitaciones con la esperanza de encontrarla dormida en la cama o en su sillón frente a la ventana. El corazón se le aceleró un poco, aunque no dejó que la preocupación le invadiera del todo.
Decidió esperarla en el porche de la entrada, convencido de que no tardaría mucho en aparecer con su vestido alegre de flores, sus labios rojos y su fingido enfado por los dos días que había estado fuera.
Recordó la primera vez que la vio, hacía ya un par de años, en el banco del parque, bajo el árbol más frondoso, con un libro en las manos. Le pareció la estampa más bonita del mundo. Se acercó con cautela, como si temiera verla desaparecer. Algo le dijo que, a partir de ese instante, sería su mundo. Ella le observó durante unos segundos, curiosa, en silencio. Le sonrió. Pero enseguida volvió a su lectura sin, aparentemente, prestar atención a ese que se había sentado tan cerca obviando cualquier tipo de permiso. Cuando cerró las páginas y se levantó, le pidió que la acompañara.
Nunca fue necesaria demasiada conversación, bastaba un gesto, el contacto cálido del otro, una caricia casual en la mejilla que lo decía todo. Era suficiente una mirada entre ellos para saber que el cariño era real, un amor tan evidente que cualquiera podía verlo. Se habían encontrado cuando menos lo esperaban y, no obstante, en el momento justo. Con un vínculo tan estrecho, como libre su elección.
Pasaron las horas sin novedad. Se hizo de noche y amaneció la mañana siguiente… Y varias más. La inquietud dio paso a la tristeza y, mucho más tarde, a la aceptación.
Ella no iba a volver.
Con un profundo suspiro, Boris levantó por fin su cuerpo del suelo y, agradecido por el tiempo compartido con aquella anciana encantadora, encaminó sus patas entumecidas hacia la puerta. El mundo seguía esperándole al otro lado.
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