La vieja locomotora se detuvo finalmente con un resoplido que, al jefe de estación, casi tan viejo como ella, le pareció de felicidad.
Una vez al año, ese tren de otra época era puesto a punto para recorrer de nuevo las vías, igual que antaño. Los apeaderos, cuidadosamente escogidos por su valor histórico, también se renovaban para la fecha. Era un acontecimiento que conseguía reunir gente dispar: jubilados con tiempo libre que disfrutaban el aire primaveral, jóvenes que se saltaban las clases para descubrir otra forma de viajar (sin prisa), parejas que buscaban una cita romántica…
En esta ocasión, al ferroviario le había llamado la atención un matrimonio ya maduro que descendía cuidadosamente del tren. Primero él, que se había dado la vuelta para ayudar galantemente a su mujer y evitarle cualquier percance en el amplio hueco entre el vagón y el andén. Ambos, elegantemente vestidos, con un aire clásico que casaba perfectamente con el transporte que les había traído hasta allí. El hombre, alto y delgado, con un porte que le hacía destacar del resto; ella, pequeña y delicada, una belleza sutil, de porcelana.
En mitad del andén, parecían no saber qué hacer en el transcurso de la parada. Como si, una vez en el destino deseado, no fueran capaces de imaginar el siguiente paso.
Súbitamente, ella dio un respingo y él siguió su mirada hasta la puerta acristalada desde la que una chiquilla asomaba la cabeza con curiosidad, sin querer perder detalle de aquella visita extraordinaria.
La mujer se desprendió del brazo de su marido y, muy despacio, temiendo espantarla, se acercó hasta la muchacha que la observaba con los ojos muy abiertos.
Mientras una lágrima rodaba por su mejilla, de su bolso, sacó un papel con una dirección. Se agachó y se la puso en la mano a la pequeña, al tiempo que le susurraba algo al oído.
-Guárdalo bien –le pidió, rozándole levemente la mejilla con los dedos.
Sin saber por qué, cuando volvió a casa, la niña guardó la nota manuscrita fuera del alcance de todas las miradas. Sospechaba que era algo importante.
Hasta que, algunos años después, Lucía supo que había llegado el momento.
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