El hada se sentó con cuidado en el punto más alto de la colina. Suavemente, posó sus alas y su violín.
Dejó que su alargada estela, radiante y etérea, reposara sobre la hierba espesa que la rodeaba. Inclinó la cabeza y cerró los párpados. Estaba muy cansada. Llevaba siglos intentando que los hombres escucharan la melodía que había hecho sonar hasta en el rincón más recóndito. Luchando para impregnar de algún color, el que fuera, su entorno en blanco y negro.
Desde su posición elevada, en el horizonte mágico, se preguntó por qué ignoraban la música que les había querido regalar. Quizá estaban dormidos… Pero no, estaba segura de que estaban bien despiertos, aunque guiados por una fuerza que no era capaz de comprender.
De nada había servido todo su empeño. Tan pronto un destello de ternura asomaba en el iris de alguno, era rápidamente ocultado y enterrado para siempre, por miedo a que los demás se percataran de ello. Mejor ignorarlo, girar la cabeza a otro lado, aunque el hada sabía que, una vez se cruzaban sus miradas, ya nunca podían olvidarla.
Era incapaz de entenderlo.
El hada montó en cólera. Del instrumento había salido la última nota y, de su halo, el último matiz. Ya no le quedaba nada. Les había dado todo sin pensar en nada más. Se levantó furiosa y, alzando los brazos, eliminó la capacidad de sentir de aquellos individuos ingratos. Y la de ella misma. Seguramente, todo sería más sencillo así. Una existencia guiada únicamente por la inercia.
Decidió echarse a dormir; ahora que ya no tenía un propósito, prefirió retirarse del mundo. En su letargo, tuvo un sueño extraño en el que era invadida por otra melodía de acordes desconocidos y por una luz que podía acariciar. Se deslizó por lugares ignotos, más amables, y más cálidos también.
Mucho tiempo después, abrió los ojos para descubrir que nada había cambiado. Salvo ella misma. El descubrimiento de que el universo más valioso residía en su interior. Aunque nadie pudiera percibirlo. Aunque nadie quisiera conocerlo.
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