2025

A duras penas, me abro paso entre el bullicio de la gente. Las risas, las voces y un alboroto alegre y atronador, se han apoderado del centro de Madrid.

Me coloco los auriculares y mis oídos quedan aislados. Silencio. Y música suave después.

Me gusta zambullirme en esa locura. Una vez dentro, salir de ella, convertirme en mera espectadora, como una visitante fugaz. Acercarme al árbol de la Puerta del Sol. Sonrío, es más bonito que otros años, esta vez lo han conseguido. El corazón se me empaña recordando otras navidades menos amables… También alguna mucho más cálida.

Miro alrededor y e intento averiguar cómo es para el resto. Atentamente, descubro las máscaras exultantes de entusiasmo que cubren algunos rostros; estoy segura de que, en unas horas, se habrán esfumado. En otras miradas más jóvenes, la alegría es sincera; quieren comerse el mundo y, algunos, muy pocos, lo conseguirán. Los que tengan menos suerte, seguramente tendrán que conformarse. Quiero pensar que, la mayoría, será feliz a su manera.

Un niño observa todo con los ojos muy abiertos mientras intenta mantenerse en pie, zarandeado por la multitud. Se aferra a la mano de su padre que le tiene fuertemente agarrado. Pienso en esas primeras veces, de una intensidad que ni de lejos se repite en las siguientes. Y en las últimas… Esos momentos que desconocemos no volverán.

A mi lado, está un anciano que resiste y que revela ilusión verdadera en su rostro. Me pregunto cómo habrá conseguido traerla consigo hasta ahí, si habrá tenido una buena vida o qué fuerza titánica habrá sido su guía todo ese tiempo.

Una mujer, escondida su cabeza en una gruesa bufanda que le da dos vueltas, tiene la mente perdida, está lejos de allí, quizá en el pasado, o tal vez en un futuro para el que tenga los dedos cruzados… Una vez más.

Vuelvo al barullo justo a tiempo de escuchar la primera campanada.

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