Por fin, la familia se había decidido a desmantelar el magnífico piso del centro, ahora que ya nadie vivía allí.
Con toda seguridad, las habitaciones amplias y bien iluminadas, de techos altos y suelos de madera auténtica, serían un buen reclamo para conseguir una interesante renta que repartir entre todos.
A Gabriel le correspondió vaciar la biblioteca. De pequeño, había sido un refugio feliz en los largos domingos de reuniones familiares. Primero, exploró los estantes más bajos; cuando creció, los que estaban al final de la escalera de mano.
Recordaba la mirada de su abuelo cada vez que abría un nuevo ejemplar. Hubiera jurado que descubría la historia a la vez que él, aunque las hojas desgastadas y alguna anotación al margen, delataban incursiones previas. Apoyado en su bastón, que necesitó desde bien joven, cuando volvió de la Segunda Guerra Mundial, leía los primeros párrafos al mismo tiempo que el muchacho, observando atentamente su reacción.
Gabriel tenía diez años cuando decidió ser escritor. Pero nunca había publicado nada, salvo artículos por encargo en un periódico local, y ni siquiera llevaban su firma.
Su mirada recayó en un grueso tomo, de oscura y desgastada cubierta, atado con un cordón de cuero. Nunca lo había visto, aunque sabía que era el título favorito de su abuelo. Reposaba de manera casual en una mesita situada junto al enorme sillón orejero, que le cedía solo a él y de manera excepcional, las piernas colgando a un palmo del suelo. Casi sintiéndose culpable, se acomodó con cuidado y tomó el libro. Cuando lo abrió, varios papeles cayeron desperdigados. Se apresuró a recogerlos, con la sensación de haber roto algo.
Había un billete de avión de hacía cincuenta años. Y uno de tren todavía más antiguo. Y una carta amarillenta dirigida a su abuela. Un garabato infantil que reconoció de inmediato y le hizo sonreír. Varias fotografías en blanco y negro fechadas por detrás. En realidad, estaba repleto de recortes y notas redactadas a mano. Varias postales. Una flor seca.
En la primera página, justo debajo del título, una dedicatoria: “Para Gabriel, te dejo una historia importante, la mía. Ahora es tuya. Será tu primera novela”.
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