Amapolas

En el antiguo palacete, hay una estancia casi vacía, como todas las demás.

Pero en ésta, de paredes encaladas en un crudo que ya es más bien ocre, hay un jarrón de porcelana encima de una mesa, en el rincón. Contiene una magnífica selección de amapolas recién cortadas. La luz vespertina que entra por la ventana de paños de madera desgastada hace que el rojo sea el protagonista de la sala de una forma casi sobrenatural.

Si no fuera por eso, parecería que no se hubiera pisado la sala en mucho tiempo, abandonados también los pasillos que una vez fueron escenario de carreras infantiles y juegos de escondite.

Una escalera baja en silencio hasta el recibidor y yo estoy al pie. Me gusta comprobar cada día, en el camino de vuelta del trabajo, que no faltan flores en la alcoba y cómo van cambiando según la estación del año.

Sé quién las trae.

El hombre más elegante que yo he conocido. Ese que estuvo con su esposa en aquel cuarto hasta el momento de la despedida. Alguien que, cuando ella no pudo salir al parque, le dibujó gaviotas en las paredes, y un árbol, y hasta el mar. Que le llevaba el olor de las rosas y del jazmín. Y que todos los días, sin faltar ni uno, le cogía la mano hasta que se dormía.

Mi abuelo.

Cuando ella se marchó, tuvo que dejar el que fue su hogar durante más de medio siglo. No atendieron a razones. Pero, desde entonces, cada mañana y sin que nadie consiga impedirlo, se escapa para comprar el ramo más hermoso que es capaz de encontrar. Sabe, aunque no pueda verla, que ella sentirá el aroma mientras le espera.

Hoy eran amapolas.

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