Una estrella fugaz

María solo había deseado una cosa, de verdad, en su corta vida: un perro.

Fantaseaba con tener un compañero de aventuras. Se lo había pedido un millón de veces a sus padres, intentando múltiples y variadas tácticas. Pero ni las carantoñas ni las rabietas le habían servido de nada. En una ocasión, consiguió una respuesta alentadora: “Quizá más adelante”. Pero la falta de fecha concreta casi había sido peor.

Un día, oyó una conversación entre las doncellas más jóvenes sobre los deseos que conceden las estrellas fugaces.

Urdió su plan para esa misma noche. Lo primero era saber si el cielo estaría despejado, así que pasó toda la tarde vigilando las nubes hasta que se convenció de que no serían impedimento para conseguir el objetivo. En su habitación, esperó pacientemente hasta que hubo silencio, y luego, un poco más, para asegurase de que no se encontraría con nadie por la casa. Cogió una manta y un almohadón y, con mucha cautela, bajó las escaleras, llegó a la cocina y salió por la puerta que daba al jardín. Cuando puso un pie en la hierba, sonrió triunfante, ¡todo iba sobre ruedas!

Escogió como observatorio un pequeño promontorio, extendió la colcha y colocó el cojín a modo de almohada. Y se tumbó dispuesta a esperar la estrella que, por fin, hiciera su sueño realidad.

Pasaba el tiempo sin movimiento alguno entre la infinidad de puntos brillantes. Hasta que, de repente, vio cómo un haz de luz cruzaba delante de sus ojos. Se sentó de golpe.

-Por favor, por favor, por favor…. ¡Un perro! – imploró mientras apretaba con fuerza las manitas.

Según acabó de pronunciar la súplica, un can grande y peludo apareció por la derecha y, corriendo alegre, llegó hasta ella. María abrazó al animal que no paraba de darle lametazos mientras ella reía feliz.

Con mucha ternura y cuidado para no despertarla, su padre, que llevaba un rato observándola divertido, la cogió en brazos mientras susurraba: “Está claro que esta niña necesita un chucho”.

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