La lluvia, que no se cansa de caer, golpea la ventana y se empeña en calar a Laura a cualquier precio. Su cuerpo y su alma.
El simple pensamiento de que pudiera hacerlo, le produce un escalofrío y la necesidad de envolverse fuertemente en la manta. Está refugiada en el pensamiento infantil de que es un escudo infranqueable que la protege y la aísla del resto.
Suena el timbre de casa.
-Cariño, soy yo, te traigo algo bonito– se oye una voz alegre de hombre.
Laura sonríe, no puede evitarlo. Se enamoró de él a primera vista, un flechazo. No siempre fue fácil, pero se sintió tan especial y tan importante, que todo su mundo empezó a girar en torno a su amor. Día y noche esperaba la ternura que le hiciese olvidar todo lo demás. Y, cuando llegaba, era verdaderamente feliz, nada merecía la pena más que su compañía. Siempre soñó con encontrar a alguien que la quisiera y, por fin, había llegado él, empeñado en estar presente en todos y cada uno de los momentos de su vida. Preocupándose por ella.
-Abre, por favor, te prometo que, esta vez, todo será distinto.
Nota el corazón alterado, y empieza a respirar con dificultad. “Jamás saldré de aquí” piensa, mientras sus piernas empiezan a quejarse ya de la postura. Es consciente de que no podrá esconderse para siempre, pero, en este instante, prefiere no cuestionar la posibilidad.
Ahora sabe que nada de todo aquello era real, que el amor es otra cosa. Libre. Sin condiciones ni chantajes. Sin miedo a no estar a la altura. No escudriñar la mirada del otro buscando ser aprobada, con el estómago encogido por si no es así. Sin daño. Sin golpes.
Ya no abrirá la puerta. Está decidida.
Vuelve de nuevo la vista a la ventana. Sigue lloviendo, pero con menos intensidad. Quizá, incluso, escampe y salga un rayo de sol que despeje del todo la tormenta.
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