Al caer la tarde, sin falta, ella le esperaba en el jardín, junto al estanque.
Tan pronto aparecía a lo lejos la primera pista anaranjada del crepúsculo, la silueta femenina se recortaba contra la luz del sol que corría hacia el granate, antes de ocultarse por completo.
Él partió en otro ocaso, con la promesa de volver tan pronto terminara la batalla. Le creyó, en sus ojos no cabía la mentira. Desde entonces, su existencia solo tenía sentido en el jardín que antaño se convirtiera en su lugar de encuentro, un secreto compartido tan intenso que pensó que nunca tendría fin.
Reclinada junto a la pequeña laguna, pasaba los días sumida en una especie de melancolía. Su alma reposaba serena sobre el agua, que le devolvía una imagen en la que, a menudo, le resultaba difícil reconocerse. Entretenida en pasear la vista por cada detalle de su reflejo, constataba la marca del paso del tiempo por su rostro y su figura.
Antes de despedirse, se había sentado a su lado una vez más y le había hablado durante horas de esperanza, de sueños e incluso de algún miedo que anidaba en el fondo de su espíritu. ¿Cómo podría haber evitado enamorarse perdidamente de ese joven que le abría de modo tan sincero su corazón? Deseó ir tras su rastro, pero sabía que no le estaría permitido y se resignó a la espera, por larga que pudiera ser.
Tras su marcha, él había dejado la cancela abierta, señal inequívoca de su intención de regresar tan pronto le fuera posible. Nadie jamás la cerró; ella no lo hubiera permitido.
Décadas y hasta siglos después, ya desgastada la piedra en la que fue esculpida, convertida en un trozo de roca desigual, ella seguía allí, dejando pasar los atardeceres con el mismo anhelo del primer día.

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