El extranjero

El extranjero había llegado al límite de sus fuerzas.

Los mapas le habían traicionado en su periplo por el desierto. Antes, había perdido de vista el Nilo, última referencia conocida que le quedaba. Hacía un par de días, su caballo se asustó y salió corriendo, dejándole a merced del sol y de una cantimplora ya casi vacía, pese al férreo racionamiento que se había impuesto.

Pensó que era el final de su aventura, tan deseada y emocionante como peligrosa había resultado ser. Había asumido una gran responsabilidad cuando aceptó la misión, como otros muchos antes que él. Ninguno había regresado.

Tras muchas jornadas explorando la arena, no había conseguido establecer contacto con ningún ser vivo a pesar de creer conocer el terreno como la palma de su mano. Solo una vez le pareció ver a lo lejos una estela de arena que se desplazaba a gran velocidad, aunque no estaba seguro de que hubiera sido un espejismo.

Se dejó caer, ni un paso más era capaz de dar su cuerpo exhausto y maltrecho.

En un último esfuerzo, apretó con desesperación la esfera que portaba en la mano y que no había soltado desde que, con gran ceremonia, se la entregaran antes de partir.

Cuando abrió los ojos, todo a su alrededor era luz cegadora. Pensó que había muerto. Pero no, era aún peor. Estaba tendido en el suelo, de vuelta en el gran salón del trono y había fracasado en su compromiso de búsqueda de respuestas.

El faraón miraba al viajero del tiempo desde arriba esperando alguna explicación. Ansioso por confirmar si, miles de años en el futuro, su estirpe seguiría dominando el mundo.

Pintura: Juan Ara

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