El retrato llevaba décadas enteras colgado en la pared principal del gran salón. Con el fantasma que vivía en él.
Solo en ocasiones especiales, las pesadas puertas de la elegante estancia se abrían y un ejército de doncellas y lacayos se ocupaban de que estuviera a punto a la hora de la cena, cuando empezaran a llegar los invitados de postín.
Por lo que había oído comentar a caballeros y damas que alguna vez se habían detenido un momento ante el cuadro, se mostraba como un joven apuesto con vestimenta militar, en actitud más bien arrogante y engreída. La última vez, una jovencita había sacado un espejo para retocarse a sus espadas y se vio en el reflejo por un instante, confirmando que así era. “Menudo imbécil debí de ser” pensó divertido.
Hacía mucho tiempo que nadie entraba en la sala y que no se celebraba ningún baile en el amplio vestíbulo, pero aquel día, de repente, un gran alboroto le sacó de sus pensamientos. Alguien intentaba abrir la puerta que parecía bastante atascada. Finalmente lo consiguió y un rayo de sol cayó directamente sobre la pintura. Un perro entró corriendo, se plantó delante de él y comenzó a ladrar sin parar. Le siguió un crío de corta edad que (no podía creerlo) era su vivo retrato.
Sin poderlo evitar, las miradas de ambos se encontraron, atraídas como un imán. El espíritu, al verse proyectado en los ojos inocentes del pequeño, de pronto recordó toda su existencia anterior y comenzó a llorar. Verdaderamente entendía su castigo, un encierro merecido sin duda alguna.
Justo en ese momento, el can echó a correr y el niño le persiguió. Pero antes de salir se volvió un momento para descubrir, sorprendido, que en el lienzo solo quedaba un sillón vacío y ni rastro de quien allí vivió.
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