Ella acaba de bajarse del taxi. Casi sin poder creérselo aún, él la mira fijamente.
Han esperado mucho dolor y muchas dudas para llegar hasta ahí. Pero quizá era necesario.
Con paso lento pero firme, él se acerca y levanta el brazo para, suavemente, como si la fuera a romper, acariciarle el rostro con el pulgar. Ella cierra los ojos y acomoda su mejilla en el hueco de la mano. Ambos se preguntan si estarán volviendo a cometer el mismo error; o si, definitivamente, están justo donde deben estar.
La lluvia nocturna de Nueva York, incansable, continúa calándoles y, todavía sin musitar una sola palabra, buscan refugio en el portal cercano. La penumbra ofrece una complicidad conveniente a sus miradas, más explícitas que cualquier otro gesto. En realidad, ninguno desea hablar, el miedo a romper la intensidad del encuentro les hace elegir el silencio.
Se besan apasionadamente, casi con furia, recuperando un tiempo que sienten arrebatado, aunque fuera elección suya. No hay alternativa, algo por encima de los dos les arrolla y les deja sin aliento. Por el rostro de ella corre una lágrima, ha reconocido la verdad que esconde esa caricia. El corazón de él late sin control de puro alivio, agradecido por ser acogido de nuevo, pese a todo su pasado, pese a la huida cobarde de otra época.
Un nuevo primer abrazo, más íntimo aún que el beso mismo, les tiene tan fuertemente unidos que sienten que nunca más podrán separarse. Se desean tanto que les duele, necesitan el uno del otro con una desesperación que les aturde y les desboca.
En la oscuridad, solo existen ellos dos… a pesar de saber que será la última vez.
Deja un comentario