Había entrado en el museo sin muchas ganas.
En realidad, más huyendo del calor del mediodía de julio en Madrid, que en busca de arte y, además, le pillaba cerca de la estación. Sobre todo, para hacer tiempo hasta que saliera su tren. Como no era la primera vez que visitaba la galería, paseaba entre las salas con la mente distraída, sumido en sus pensamientos.
De repente, se dio cuenta de que se encontraba en una estancia desconocida para él o, al menos, que no recordaba de otras ocasiones. Amplia, con un solo banco para contemplar una sola pintura. Y vacía, seguramente por lo intempestivo de la hora.
Lentamente, recorrió el cuadro con la vista fijándose en los detalles, notando una rara atracción, más allá de las pinceladas y de los colores. Se trataba del busto de una mujer en un estilo clásico. Un dibujo sencillo y, sin embargo, le transmitió una fuerza tan intensa que le dejó sin aliento. Una mirada que parecía contarle que acarreaba a sus espaldas el peso del universo entero. Sintió compasión por ella y un deseo irrefrenable de acudir en su ayuda, de que supiera que él compartiría gustoso tal carga.
Tomó asiento en el banco sin poder apartar los ojos de los suyos, eternos. La entendía y estuvo seguro de que había estado esperándole para decirle que no importaba cómo de agudo fuera su dolor, ella podría aceptarlo como suyo y hacerlo más liviano para su cuerpo castigado por los años. No lo permitiría, no le causaría ni un mínimo sufrimiento.
Perdió el tren, que partió a su hora y, llegado el momento del cierre, casi tuvieron que forzarle a abandonar la sala, aunque no sin antes prometerle a ella que volvería puntual al día siguiente.
Ahora él le pertenecía.
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