Boston, 12 de noviembre de 2022
Querido Adam:
Hace mucho tiempo que pienso en ti.
Posiblemente tú no me recuerdes (seguro que no) y, sin embargo, dejaste en mí una impronta que no puedo ni quiero borrar. Una huella tan profunda que, todavía, en ocasiones rasga mis noches y mis días, y no me deja respirar. Aun así, necesito volver a tu recuerdo una y otra vez.
Se me hace difícil comprender que para tus ojos fui solo un instante efímero, una mirada fugaz en un vagón de tren que solo reparó en mi pupila un par de segundos. Pero yo me quedé allí eternamente.
Te llamé Adam, podría haber elegido cualquier otro nombre, pero fuiste Adam desde el principio.
Saliste del vagón cuando mis labios empezaban a pronunciar la primera letra. Te prometo que me vi corriendo tras tu abrigo, llegando hasta tu espalda y abrazando tus hombros. Quizás te habrías dado la vuelta para permitir que me refugiara en tu pecho y dejar que me quedara ahí, habitando en el cálido hogar tantas veces rozado con la punta de los dedos, invariablemente esquivo. Acaso hubieras acariciado mi mejilla mientras me decías que, por fin, nos habíamos encontrado y que sería para siempre.
Pero me quedé inmóvil, observando cómo te alejabas y te perdías entre la multitud. Sabiendo que acababa de echar mi vida a perder, que ya nunca volvería a ser la misma. Consciente de que, con tu marcha, empezaría mi existencia epistolar porque ya solo sería capaz de vivir entre las palabras que te escribo.
Querido Adam, hace mucho tiempo que no puedo dejar de pensar en ti.
Siempre tuya,
Adeline
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