Sigrid había pasado incontables horas contemplando el océano desde la amplia terraza.
Hacía décadas, un joven que pronto se convertiría en su marido, la llevó hasta aquella casa de grandes ventanales por los que podría contemplar su querido azul en todo momento. No solo eso, también escucharía el sonido salado que le reconfortaba y le hacía sentirse en calma. Sin embargo, nunca se acercó hasta la orilla, ni siquiera para rozar la espuma del mar con los dedos. Por mucho que le animaran a hacerlo, le producía un temor que era incomprensible para los demás. Con el tiempo, desistieron. Era su rareza particular y ya a nadie le llamaba la atención.
Había tenido una vida feliz, pero ese día, por primera vez, se sintió sola – su amor se había marchado hacía poco – aunque no había rastro de tristeza en su corazón, solo una especie de melancolía. Convencida de que había llegado el momento, empezó a bajar la escalerita camino de la orilla. Se soltó la larga melena, ahora blanca, abundante y ondulada como en su juventud. Una leve sonrisa en sus ojos, imaginando qué cara pondrían sus hijos y nietos si pudieran ver lo que estaba a punto de suceder.
Con una antigua emoción, Sigrid se desprendió de su ropa y metió los pies en el agua. Sintió el añorado cosquilleo mientras empezaban a brotar en su piel las primeras escamas. Decidió zambullirse de lleno y, rápidamente, el resto de su hermosa cola de sirena surgió como si siempre hubiera estado ahí.
Y con un elegante movimiento, se sumergió en las profundidades en busca de corales de otro tiempo.

Pintura: Juan Ara
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