La pequeña ninfa no entendía nada.
En su mundo, todo era sencillo. Los colores y los sonidos simplemente existían en armonía. Todo encajaba y no había sorpresas; la vida transcurría sin que nada alterara su corazón.
Sin embargo, tan pronto abría los ojos, comenzaba el temor al instante en que algo interrumpiera su calma: un comentario confuso, un roce inesperado, un escenario nuevo. Un ínfimo detalle que resquebrajara los cimientos que tanto le había costado construir.
Entonces, necesitaba gritar que nada de eso estaba bien, agitar brazos y piernas intentando espantar el frío fantasma, aterrador y despiadado. No alcanzaba a identificar con exactitud la amenaza, pero sentía cómo se adueñaba de todo su ser.
A veces, un cálido abrazo conseguía volver a serenar su cuerpo menudo y atenuar el temblor que la recorría por entero sin poderlo evitar. Una caricia que la llevaba de vuelta a su escondite, al rincón de su bosque mágico donde la felicidad aparecía en formas familiares.
Refugiada en los ojos de su madre, percibía con toda claridad que algo no encajaba en su interior. Pero el cariño que acompañaba aquella mirada, la convencía de que todo se iba a arreglar.
Y la pequeña ninfa empezaba a confiar en que no siempre sería así, y que fuera también encontraría cosas maravillosas.
Un atisbo de esperanza. Algún día, conseguiría lanzar al monstruo por el abismo.
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