Una velada encantadora

-Otra vez tarde…

Arthur no podía evitarlo. Por más empeño que pusiera en ello, era incapaz de llegar a tiempo. Toda su vida había sido así y ahora, con una edad más que respetable, no iba a cambiar la cosa.

Suspiró resignado, hoy también tendrían que esperar un poco. Quizá si le citaran con más antelación, podría intentar ser más puntual; pero la invitación se producía con tan poco margen…. Le gustaban mucho los encuentros de la tertulia, en el elegante salón de la casa de la marquesa. A menudo concurrían personajes pintorescos, que planteaban preguntas muy curiosas. Todos vestidos con sus mejores galas y los aperitivos servidos en bandejas de lujo.

Le divertía a más no poder observar las caras de asombro cuando le tocaba el turno de palabra. A veces, incluso, se permitía alguna travesura para sobresaltar a la anfitriona que, exagerada como era, un día hasta fingió un aparatoso desmayo. La verdad es que aquellas veladas eran lo único que animaba su monótona rutina y acudía sin falta siempre que se presentaba la ocasión.

 -Habrá terminado la hora del té. Cuando aparezca, seguro que estará servido el licor…

Sonrió para sus adentros porque sabía que tanto los caballeros como las damas de esas meriendas tan refinadas, eran muy dados a excederse con la botellita que la doncella sacaba, más pronto que tarde, a petición de su señora.

Por fin llegó, justo en el momento de escuchar su nombre:

-Arthur, ¿estás ahí?

Encantado con la situación y bromista como cuando estaba vivo, empezó a planear con qué empezaría hoy: un golpe seco en la mesa, un leve soplido que apagara una vela o, quizás, su treta favorita… ¡Un susurro al oído de uno de los presentes que le pusiera los pelos de punta!

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