Una vieja librería

Hacía poco tiempo que Adele regentaba la pequeña y atiborrada librería que había heredado de su tío abuelo.

Era feliz.

Para ella, no solo se trataba de un negocio que daba el beneficio justo para no cerrar; era el refugio de las tardes de su infancia, sentada en el suelo, al fondo de la tienda, donde se amontonaban los ejemplares más antiguos y con más polvo. Una lámpara Tiffany iluminaba lo justo para poder leer una última página antes de volver a casa.

Y había otra cosa más…

Algo mágico sucedía cuando escuchaba la campanilla de la puerta y alguien preguntaba, con voz vacilante, por un título en particular. Jérôme, después de mirarle un instante al fondo de los ojos, se giraba y cogía un tomo de la estantería que tenía a su espalda, el ejemplar requerido siempre estaba allí. Y se lo regalaba.

Cuando se hizo mayor, su tío le confesó el secreto: había un libro perfecto para cada lector y, con frecuencia, no era el que pedían sino el que se llevaban. Después, nadie regresaba, no lo necesitaban, estaban curados. Volvían a tener esperanza.

Adele se preguntaba si ella tendría ese don, si sería capaz de encontrar las páginas adecuadas llegado el momento.

Hasta que un día un niño hizo sonar la campanita y la miró con los ojos llenos de lágrimas desde el otro lado del mostrador. Ella supo de inmediato qué necesitaba el pequeño.

Y le regaló su rincón, al fondo de la librería.

Deja un comentario