Valentina había sido muy guapa de joven, en realidad, una mujer espectacular.
Cuando llegó a Madrid con dieciséis años y de la mano de su madre, todo el mundo le auguró un futuro prometedor. Y así fue durante un largo periodo de tiempo. Creó su propio universo particular, con amigos de tipo muy variado e incluso se enamoró. Una vida maravillosa.
Hasta que apareció una belleza nueva que tomó su lugar y se olvidaron de ella. Casi de un día para otro, todo se había desmoronado a su alrededor. Una mujer madura, a la que le quedaba muy poco de lo de antaño y, sin embargo, bastante feliz desde que cruzó el umbral de aquel vestíbulo señorial, para ocupar el puesto de portera.
Aunque a menudo parecía gruñona y cotilla, adoraba su escalera y a la gente que vivía en ella, en la parte más humilde; en particular, a la niña del último piso, siempre observando cualquier movimiento con los ojos muy abiertos, y al pequeño gamberro que no perdía ocasión de hacerle rabiar. Aunque, en la otra, la noble, habitada por gente adinerada, también había encontrado refugio cuando lo necesitó.
Todas las noches, cuando por fin cierra la portería, se sienta delante de su modesto tocador y se cepilla el pelo.
Los ojos brillantes porque reconoce en el espejo a aquella chica bonita con toda la vida por delante.

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