El marino supo que había llegado al fin del mundo.
Aunque sentía el cuerpo agarrotado por tantos días aferrado a los remos, ahora, sin embargo, tenía el espíritu sereno, una vez alcanzado su destino incierto. Las olas embistiendo la pequeña embarcación con la que jamás hubiera creído lograr tamaña proeza, por grande que fuera su empeño.
A pesar de todo, allí estaba, la mirada clavada en la atalaya imposible, detrás de la cual se extendía la nada. La sal de sus ojos mezclada con la del mar; agradecido por la suerte de contemplar el lugar vetado a los demás hombres.
Frente a él, una figura femenina, etérea, había surgido de manera natural y espontánea; le tendía la mano. Y él sintió que le trasladaría a casa y que ya no habría más preocupaciones, y que nada sería importante salvo la paz que inundaba su alma.
Cerró los ojos y decidió abandonarse, la seguiría de buena gana para ser un morador más de la torre.
Para siempre.

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