Poly pasea perezosa su cuerpo grande y hermoso.
El sol salió hace rato ya, pero el rocío todavía permanece en las briznas de hierba y moja sus patas. La brisa ligera refresca las primeras horas del día de primavera. Sin preocupaciones, deambula junto al resto del rebaño que, igual que ella, se mueve a cámara lenta sin prisa alguna.
Mira curiosa cómo un pequeño gorrión se posa muy cerca. Está claro que el pájaro no la teme, seguro de poder elevar el vuelo rápidamente si fuera necesario. Con un movimiento inesperado, se le sube en el lomo sin asomo de vergüenza. Poly nota el peso liviano del ave e intenta espantarlo con el rabo, pero no es capaz de llegar hasta él. Abandona la idea porque piensa que, en realidad, serán más molestas las moscas que llegarán después, por la tarde.
Por fin, decide tumbarse y dejarse llevar de nuevo por la modorra mientras observa pasar una nube en el azul rotundo del cielo. En su retina se refleja la mancha blanca hasta que el sueño la vence otra vez y cierra los ojos.
Es un día más en la granja.

Deja un comentario