La diosa había cometido el peor de los pecados posibles: había puesto en duda su propia deidad.
Sus iguales no podían permitir de ningún modo que el pensamiento se extendiese, que otros pudieran discutir la certeza absoluta de su naturaleza todopoderosa.
Así que fue expulsada del tiempo y del espacio que hasta ahora había conocido. Quedó suspendida en ningún lugar, en ningún momento. Formó parte del universo como una partícula más, existiendo de manera difusa y sin entidad reconocible.
Y en paz.
Se desprendió de todo rastro de lo anterior y dejó que su propio espíritu se viera sumido en una especie de letargo infinito. La nada como morada y el todo como su último fin.
Después de incontables soles y lunas y estrellas, abrió los ojos y miró alrededor. Y constató que todo era distinto. Los dioses también. Habían sido desterrados del Olimpo al mundo de los hombres, que ahora reinaban en el puro caos. Asombrada, comprobó que la sospecha que había anidado una vez en su interior había sido confirmada de la peor manera.
Sin embargo, contra todo pronóstico, ella todavía seguía allí. Observó con clemencia el cosmos resultante y extendió su mano piadosa sobre él. Cada individuo miró al que tenía enfrente y fue capaz de reconocer, en esa mirada similar, su propia alma castigada, la batalla que el otro estaba librando en su interior, no muy distinta a la suya.
La Diosa volvió a cerrar los ojos recogiendo el dolor de los hombres y reconociendo, ahora sí, su condición divina inmortal.

Deja un comentario