Cuando Lucía estuvo delante del portal, miró hacia arriba asombrada porque nunca había visto un umbral con esa altura… era un paso de carruajes que daba a un vestíbulo, que desembocaba en un amplio patio interior.
Se sintió pequeña, nada de aquello tenía que ver con su mundo mínimo, en el que había crecido, el único que conocía. Una señora de mediana edad, enfundada en un delantal y un moño despeinado se acercó a ella con desconfianza.
-¿Se puede saber qué buscas?
El poco valor que le restaba desapareció con el tono intimidante de la mujer. Tan solo acertó a extender el brazo con el papel manuscrito. La portera casi se lo arrancó de la mano, más llevada por la curiosidad que por algún interés en prestarle ayuda.
Lucía observó cómo abría mucho los ojos durante un segundo y después los volvía de nuevo hacia ella con cara de extrañeza.
-Espera aquí, ni se te ocurra moverte.
Intentó pedirle que le devolviera el papel. Consciente de que era lo único sólido que le unía a todo aquello, se sintió perdida y sin saber qué hacer.
Muy quieta, esperó paciente que volviera la mujer.
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