La dama camina sola por la plaza.
Escucha los ecos de carnavales lejanos, máscaras llenas de lujo y glamour. Los canales llenos de gente que celebra la fiesta del exceso y del secreto. La mayoría solo se atreve entonces a mostrar su interior, oculto el resto del tiempo….
Repasa las veces que ella misma se dejó arrastrar por la alegría de una multitud exultante de música y de brillo. Mueve su larga melena ondulada de diva de los cincuenta, y contonea las caderas al ritmo de sus tacones.
Sonríe seductora al galán imaginario que la corteja elegante detrás del humo de su cigarrillo, sabedora de tener la batalla ganada.
Para ella el momento no acaba.
Un paseante la mira con ternura; conoce su mundo interior y hasta envidia la suerte de vivir en otra época, más amable y más cierta.
La puesta de sol es testigo de su Venecia eterna.

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