Manuel

Manuel había visto muchos atardeceres como ese.

Casi todos alegres, la mayoría inundados con la luz mágica que ilumina la arena que ya no quema. Con el mar cansado de agitarse todo el día y llegando a la orilla cristalino y en calma.

Hoy era diferente, sus manos callosas habían acariciado los remos como quien quiere tocar el viento. No tuvo fuerzas para salir a navegar.

Se preguntó si el último día que dejó que el agua balanceara sus viejos huesos…  habría sido el último día.

Cerró los ojos. No necesitaba mirar las dunas más allá de la orilla, llevaba el paisaje grabado a fuego en la memoria.

Se le escapó una lágrima.

Unos brazos mucho menos curtidos que los suyos, pero más fuertes, le izaron de repente. Manuel sonrió, no tuvo duda de que era su nieto ofreciéndole un relevo que su cuerpo cargado de años recibía agradecido. No se había acabado la luz ni el instante.

Abrió su mirada y vio, a contraluz, la figura joven, impetuosa y llena de vida que él también había sido. Y se dejó llevar por la brisa y por la melancolía, el corazón lleno de dicha.

Todavía quedaban olas.

Atardecer infinito

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